miércoles, 20 de junio de 2012

Diez.


Un silencio incómodo abarca mi casa, en cada espacio, en cada rincón, en cada milímetro cúbico de mi habitación. Yo, en mi cuarto tranquilamente o no tanto, teniendo cuidado incluso de que las teclas de mi ordenador no hagan ni un pequeño crujido, ni una pequeña insinuación de que podría estar escribiendo cualquier cosa. Cada pequeño tecleo se convierte en un gran estruendo en este silencioso hogar. Únicamente puedo consolarme al poder escribir rápido cuando pasa un coche con el volumen al cien por cien, como si a los demás les importase qué es lo que escuchan o ellos estuviesen tan sordos que esa fuese la única solución.

Añoro los días de soledad. Lo sé, es raro, pero es una nostalgia. Siempre he estado acostumbrada a estar sola en casa, a poder hacer lo que quiera cuando quiera, a ir a comerme la barra entera de pan y volver a comprar otra disimuladamente antes de la cena para poder remediarlo. Pero llegaba un punto en el que me resultaba muy costoso tener que aguantar el estar sola, sin ruido, sin respiración, como si estuviese inmersa en una cápsula estrecha y pequeña, en la que no había nada que hacer. Ahora, estoy acompañada en casa. No, no me gusta, no soy yo, no tengo el grado de libertad que tenía antes, no me puedo comer la barra de pan, porque claro, hay que comer y luego me lleno. Definitivamente me arrepiento de haber dicho que no me gustaba estar sola. Pero... ¿No existe un punto medio?

Dejo deslizar mis manos sobre las teclas, libremente, sin saber ni siquiera ni qué es lo que expreso ni quiero escribir. Sé que acabaré con esto en breve, mis dedos cada vez están más cerca del punto, más cerca de volver al incómodo silencio, a quedarme quieta, y volver al mundo lejos de la escritura y la imaginación, aunque siempre me quedará ser como Don Quijote.

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